[LA OVEJA NEGRA] Estamos en campaña Imprimir
Viernes 01 de Febrero de 2019 00:05

GERMÁN VALCÁRCEL | Las campañas electorales, y sus fases previas, son una burla políticamente insoportable y una forma de ahorrar razonamientos, donde todo se reduce a no explicar nada, a hacer o decir comentarios, chistes y frases supuestamente ingeniosas o profundas.

Observar a nuestros políticos, o aspirantes a serlo, en tiempos electorales nos ayuda a descubrir la gran cantidad de ellos deseosos de vencer sin necesidad de convencer, y para ello utilizan el lenguaje. El lenguaje es el mayor don que poseemos los humanos, pero el más expuesto. Es ambivalente: difusor de la verdad o propalador de la mentira. Con conocer tales recursos y manejarlos hábilmente, se puede dominar fácilmente a personas, colectivos o pueblos enteros.

Días atrás hemos conocido, oficialmente, al nuevo aspirante, don Marco Antonio Morala, al bastón de mando de la capital berciana por el Partido Popular, elegido, aunque en este caso tal vez sería mejor decir bendecido, dedocráticamente por los gerifaltes de dicho partido (en estas cosas la derecha es coherente con su concepción piramidal y autoritaria de las relaciones sociales y políticas), hemos escuchado sus primeras declaraciones en clave política, rebosantes de esos lugares comunes que todo profesional del circo electoral se aprende de memoria; manidas y vacías palabras, como “orgullo”, ”honor”, “liderazgo”, “ambicioso” o trilladas frases, dichas con mucho énfasis, repletas de baratillo propagandístico: “Ponferrada no está muerta ni la vamos a dejar morir” y varias más de similar pelaje. Aunque a servidor la que más le llamó la atención es aquella en la que afirma: “la Ponferrada del futuro la tengo en la mente y en el corazón”, toda una declaración de principios.

Don Marco Antonio parece saber perfectamente a lo que viene, pero de entrar en detalle habrá tiempo y ocasión, son muchos los temas que hay sobre el tablero, desde ese Plan General de Ordenación Urbana diseñado por un megalómano alcalde de infausto recuerdo para una ciudad de ciento veinticinco mil habitantes (actualmente la mitad y disminuyendo), a Pongesur, pasando por el TUP, la concesión del servicio de limpieza y recogida de basuras, o cuál va a ser el papel de los inoperantes, hasta el momento, servicios jurídicos municipales en la causa del Mundial de Ciclismo o en el de la devolución de los sueldos cobrados de forma indebida por los tránsfugas usistas.

El tiempo también nos dirá si trae algún tipo de mochila o si va a tener capacidad y posibilidad de pactar con otros partidos de la derecha, por ejemplo con Cs, en caso de que estos confirmen al supuesto número uno. En los mentideros políticos de la ciudad se escuchan rumores que no le auguran precisamente un camino fácil, aunque ya sabemos que entre las derechas los “desencuentros” políticos y las fobias personales se solucionan con bastante más “pragmatismo” que en la izquierda. Aunque no siempre, el exalcalde López Riesco algo puede explicarle al aspirante.

Para servidor la elección de Marco Antonio Morala, en estos tiempos de cruzada y reconquista, por parte de las derechas, de los valores fundamentales de ese rancio conservadurismo cuyo sustrato ideológico siguen siendo los preceptos de la Formación del Espíritu Nacional (los más jóvenes tal vez que no saben de qué hablo, consulten la Wikipedia), es la demostración palpable y sin complejos del enorme poder que atesora la Iglesia Católica en el municipio de Ponferrada y la apuesta sin tapujos por la “recatolización” de la sociedad. Ya lo dijo Américo Castro: "España es la historia de una creencia".

Ya sabemos que en tiempos de elecciones la realidad se vuelve amoral y la vileza deja de tener carácter peyorativo

En el otro lado del espectro político, el que suele calificar de extrema izquierda el director de uno de los digitales de la comarca (es lo que ocurre cuando uno se sitúa en el centro político y, sin embargo, no se es más que un fundamentalista religioso y un reaccionario político), se ha puesto en marcha la enésima operación electorera, “Municipalistas por el cambio”, un nuevo y a la vez viejuno proceso digestivo en el que algunos de sus promotores, con el único objetivo de pisar moqueta, pretenden tragarse a todos los incautos que se dejen. Un proyecto que está dispuesto a pasar sobre todos los cadáveres que fueran necesarios para demostrar que muchos de sus impulsores participan de la razón pragmática, con tal de que se hagan efectivos sus intereses reales, que no son otros que: ¿qué hay de lo mío?, utilizando para ello un funcionamiento síntesis del sistema electivo de los reyes visigodos y del centralismo democrático de Corea del Norte. Nada que no hayamos visto antes, otro proyecto personalista más, animado por egos catedralicios, por personajes que cambian de partido como de calcetines y sustentado por procesionarias catervas de descabalgados de otros partidos políticos.

Ya sabemos que en tiempos de elecciones la realidad se vuelve amoral y la vileza deja de tener carácter peyorativo para ser una simple estructura normativa, de la que se debe partir para comprender el comportamiento de la mayoría de nuestros políticos. A pesar de ello, servidor espera y desea que las buenas gente que aún quedan por esos lares, las que se ha ido armando de paciencia durante todos estos años con sus calendas, nonas e idus temporizando a lo Julio Cesar, no caiga de nuevo en la vieja trampa. A estas alturas conviene reaccionar y dejar de repetir una y otra vez fórmulas y formatos que siempre conducen al mismo lugar: a la frustración.

Por otra parte, aclarar que con estas líneas servidor no pretende aportar ninguna solución -no la tengo- para los muchos problemas que arrastra ese sector de la izquierda institucional; esas soluciones, además, deben ser una búsqueda colectiva llevada a cabo cotidianamente, no solo en vísperas electorales ni con el exclusivo objetivo de aupar a las instituciones a alguno de esos personajes que tan bien describía Víctor Hugo: “arribistas que quitan la escalera tras ellos y no dejan subir al pueblo”. Mi aspiración, mucho más modesta, consiste en exponer algunas ideas que, si no para otra cosa, sirvan para no equivocarnos en demasía en el diagnóstico.

Eso sí, cuando los embustes simplones de nuestro mediocres errejonistas locales terminen intoxicando a la mayor parte de los que van a apoyar esas operaciones electoreras, cuando esos aspirantes a caudillos anegados de ego y con unas irrefrenables ansias de poder no solo apliquen su supuesto programa electoral sino que lo amplíen con truculencias que no habían anunciado, que nadie venga diciendo que no habían sido avisados.

Hace tiempo constatamos que las campañas electorales sirven, fundamentalmente, para que llenemos los parlamentos y ayuntamientos de personajes similares al caballo de Calígula, dispuestos a pisotearnos, a decirnos, una y otra vez, que no hay más camino que el que nos marcan (“el que no esté de acuerdo, ahí tiene la puerta”), que no todos los delincuentes van a la cárcel, que el código penal solo se hizo para los pobres y el civil para los poderosos y que, además, una vez elegidos tienen inmunidad.

Mientras, felices y democráticos, el próximo mes de mayo votaremos, con la risa boba del que no sabe por qué ríe, del que hace tiempo olvidó que un hombre solo no es nadie, pero que unido a otros lo es y lo puede todo. Así, embrutecidos y encerrados en el individualismo más ciego, seguiremos formando un inmenso ejército de sumisos y cabizbajos conformistas que besan las manos de sus verdugos, mientras estos nos colocan la horca sobre el cuello.

Nunca hubiese imaginado que algún día sentiría tanto desprecio por los políticos de la democracia representativa como en el pasado lo sentí por los de la dictadura, pero ya nos avisaba Bakunin: “El sistema representativo, lejos de ser una garantía para el pueblo, propicia y garantiza, por el contrario, la existencia permanente de una aristocracia gubernamental que actúa contra el pueblo”.

 

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